Lo relevante y lo viable. Validación
experta de un instrumento de autoevaluación de la calidad para organizaciones
de discapacidad en Argentina
The relevant and the feasible. Expert validation of a
quality self-assessment tool for disability organizations in Argentina
Autor/a
Soledad Somorrostro
Doctorado en Discapacidad, Universidad Favaloro, Buenos Aires, Argentina
solesomorrostro@gmail.com
ORCID https://orcid.org/0009-0002-2388-2854
DOI: 10.5281/zenodo.22945658
Resumen
La construcción de instrumentos de evaluación de la calidad suele
suponer que el acuerdo sobre qué debe evaluarse basta para definirlos. Este
artículo muestra que no alcanza. Se presentan los resultados de un proceso
Delphi de dos rondas con un panel de once personas expertas del campo argentino
de la discapacidad, que valoró por separado la relevancia y la viabilidad de
setenta y dos indicadores de calidad organizacional. La relevancia alcanzó
consenso alto en 68 de los 72 indicadores, el 94,4 % del total. La viabilidad
lo alcanzó en 48, el 66,7 %. Los nueve indicadores sin consenso suficiente en
viabilidad conservaron valoraciones altas de relevancia, y el más resistido fue
la promoción de la desinstitucionalización, con el 45,5 % de acuerdo. Esa
distancia entre lo que el panel reconoce como derecho y lo que considera
realizable no constituye un defecto del método, sino un dato sobre las
condiciones materiales del campo. El panel avaló por unanimidad una figura que
la resuelve sin encubrirla, la de los indicadores de desarrollo progresivo, que
distingue lo exigible hoy del horizonte de mejora.
Palabras
clave: calidad de los
servicios; método Delphi; discapacidad; autoevaluación organizacional;
Argentina
The design of quality assessment
instruments usually assumes that agreement on what should be measured is enough
to define them. This article shows that it is not. It presents the results of a
two-round Delphi process with a panel of eleven experts in the Argentine
disability field, who separately rated the relevance and the feasibility of
seventy-two organizational quality indicators. Relevance reached high consensus
in 68 of the 72 indicators, 94.4 % of the total. Feasibility reached it in 48,
66.7 %. The nine indicators without sufficient consensus on feasibility
retained high relevance ratings, and the most contested was the promotion of
deinstitutionalization, with 45.5 % agreement. The distance between what the
panel recognizes as a right and what it deems achievable is not a flaw of the
method but a finding about the material conditions of the field. The panel
unanimously endorsed a device that resolves this gap without concealing it,
that of progressive development indicators, which distinguishes what is
required today from the horizon of improvement.
Keywords: service quality; Delphi method;
disability; organizational self-assessment; Argentina
1.- Introducción
La ratificación de la Convención sobre los Derechos de las
Personas con Discapacidad (Naciones Unidas, 2006) instaló en el campo un
mandato que interpela de manera directa a las organizaciones que prestan
apoyos. Autonomía, participación efectiva, apoyos personalizados y vida en
comunidad dejaron de ser aspiraciones para convertirse en obligaciones
exigibles. En Argentina ese marco tiene jerarquía constitucional desde la Ley
N.º 27.044 (2014), y sin embargo su vigencia formal no se tradujo de manera homogénea
en las prácticas institucionales. Persiste una distancia entre los discursos
orientados a derechos y los dispositivos concretos de intervención, evaluación
y financiamiento que organizan la cotidianeidad de los servicios (Ferrante,
2014; Palacios, 2008; Venturiello, 2017).
Esa distancia se vuelve especialmente visible cuando se intenta
evaluar la calidad. Los instrumentos disponibles provienen mayoritariamente de
tradiciones europeas o angloamericanas y tienden a reducir la calidad al
cumplimiento de requisitos formales, sin capturar el impacto de las prácticas
en la vida de las personas. En el caso argentino, el dispositivo vigente de
evaluación institucional continúa siendo el Marco Básico de organización y
funcionamiento de prestaciones, cuyas guías fueron aprobadas por la Resolución
N.º 14/2000, seis años antes de la sanción de la Convención (Agencia Nacional
de Discapacidad, s. f.). Lo que ese dispositivo verifica son condiciones de planta
física, ambientes, documentación y organización de cada modalidad prestacional.
Aquello que la prestación produce en la vida de quienes la reciben queda, por
diseño, fuera de su alcance.
A esa desactualización se suma un escenario de fragilidad
estructural. El rezago sostenido de la actualización arancelaria respecto de
los costos operativos fue erosionando el poder adquisitivo real de los
aranceles y, con él, la sostenibilidad económica de las organizaciones
prestadoras, que debieron sostener la continuidad de los apoyos con recursos
progresivamente más exiguos. A comienzos de 2026, además, el organismo que
durante años concentró las funciones de regulación, habilitación y supervisión de
las organizaciones prestadoras fue disuelto, y sus competencias reasignadas
dentro de la estructura del Ministerio de Salud (Decreto N.º 27/2026).
Cualquier discusión sobre calidad organizacional en este campo que ignore esas
condiciones corre el riesgo de producir una abstracción sin capacidad
orientadora.
Frente a ese escenario, la construcción de un instrumento
contextualizado exige algo más que traducir dimensiones de la literatura
internacional. Exige someterlas al juicio de quienes conocen las condiciones
reales en que operan las organizaciones del país. Este artículo presenta los
resultados de un proceso Delphi de dos rondas realizado con ese propósito, y se
concentra en un hallazgo que el diseño del estudio permitió aislar. Al pedir al
panel que valorara por separado la relevancia de cada indicador y su viabilidad
en las organizaciones argentinas, el proceso produjo dos mapas de consenso que
no coinciden. El acuerdo sobre qué debe evaluarse fue casi unánime. El acuerdo
sobre qué puede evaluarse se fracturó.
El artículo sostiene que esa fractura no es un problema
metodológico a corregir, sino un resultado sustantivo. Mide la distancia entre
el derecho reconocido y las condiciones que lo hacen ejercitable, y por eso
constituye información sobre el campo antes que ruido del instrumento. Se
examina, además, el modo en que el propio panel resolvió la tensión, mediante
una figura de graduación que distingue lo exigible en el presente de aquello
que opera como horizonte de mejora.
El texto se organiza en cinco partes. La primera expone el marco
conceptual desde el que se leen los resultados. La segunda detalla el diseño
del proceso Delphi, sus criterios de consenso y sus procedimientos de análisis.
La tercera presenta los resultados de ambas rondas, en sus componentes
cuantitativo y cualitativo. La cuarta discute el hallazgo central y sus
consecuencias para el diseño de instrumentos de calidad. La quinta sintetiza
las conclusiones y las líneas que quedan abiertas.
2.- Marco Teórico
De la conformidad de los procesos a los resultados en la vida de
las personas
La evaluación de la calidad en servicios sociales heredó del mundo
industrial un repertorio de herramientas centradas en la consistencia de los
procesos. Donabedian (1988) organizó ese repertorio en la tríada de estructura,
proceso y resultado, y advirtió que la elección entre esos tres planos no es
indiferente, porque cada uno responde a una pregunta distinta sobre lo que la
atención produce. Tamarit (2010), recuperando el trabajo de Schalock, Gardner y
Bradley (2007), advirtió mediante la metáfora de la senda del ternero que las
organizaciones del sector social tendieron a adoptar los caminos de la calidad
heredados de la industria sin detenerse a considerar el que su misión exigía.
Bradley (1994) describió el desplazamiento en tres fases
sucesivas, en las que aquello que determina la calidad se traslada desde la
práctica profesional y el nivel de cuidados hacia la realización de programas y
objetivos, y de allí hacia la calidad de vida de la persona. En esa última
fase, el indicador decisivo del éxito deja de ser el cumplimiento de protocolos
y pasa a ser la capacidad de la organización de producir una buena calidad de
vida, equiparable en oportunidades a la del resto de la ciudadanía.
El modelo de calidad de vida de Schalock y Verdugo (2007, 2013)
proporcionó a ese desplazamiento un anclaje operativo, al definir el bienestar
personal como una totalidad compuesta por ocho dimensiones que organizan su
evaluación e integran condiciones objetivas y valoraciones subjetivas (Schalock
et al., 2008). Su articulación posterior con el paradigma de los apoyos
(Luckasson et al., 2002; Thompson et al., 2009) dio lugar al Modelo de Calidad
de Vida y Apoyos (Verdugo Alonso et al., 2021), que ofrece un marco para
operacionalizar los mandatos de la Convención en decisiones organizacionales
concretas (Morán et al., 2023). Reinders y Schalock (2014) precisaron el
desplazamiento correspondiente en el plano institucional, al plantear que la
pregunta pertinente para una organización no es si cumple sus procedimientos,
sino en qué medida contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas a
las que acompaña. La Escala de Eficacia y Eficiencia Organizacional del INICO
(Schalock et al., 2015) tradujo ese principio en un instrumento de evaluación
organizacional.
Tamarit (2005) formuló una síntesis que resulta operativa para el
diseño de instrumentos. La calidad resulta de la interacción de tres áreas
indisociables, la calidad de vida, la calidad en la gestión y la ética, de modo
que ninguna puede faltar ni desarrollarse de forma desequilibrada respecto de
las demás. Evaluar la calidad desde ese marco supone un sistema más evaluativo
que normativo, participativo, orientado a los resultados personales valorados y
ligado a la elaboración de planes de mejora.
La medición como acto con consecuencias
Que un sistema de evaluación seleccione unos indicadores y
descarte otros no es una decisión técnica neutral. Bevan y Hood (2006)
mostraron que aquello que se mide tiende a convertirse en aquello que se hace,
y que los sistemas de metas producen efectos de desplazamiento cuando el
indicador reemplaza al objetivo que pretendía representar. En el campo de la
discapacidad esa advertencia adquiere una densidad particular, porque los
indicadores más fáciles de documentar son también los más alejados de la experiencia
de las personas. Una organización puede prestar sus servicios con eficacia,
cumplir los requisitos, ejecutar las prestaciones autorizadas y satisfacer las
auditorías, y contribuir al mismo tiempo a que las personas que acompaña
permanezcan al margen de la vida comunitaria ordinaria.
De allí que la distinción entre lo que se considera relevante y lo
que se considera aplicable resulte metodológicamente productiva. Un instrumento
que solo interrogue la relevancia corre el riesgo de producir un catálogo de
aspiraciones inaplicables. Uno que solo interrogue la viabilidad corre el
riesgo inverso, el de consagrar como criterio de calidad aquello que las
organizaciones ya pueden hacer, con lo que la evaluación termina ratificando el
estado de cosas que debería interpelar.
Leídos con el modelo social como brújula (Oliver, 1990; Palacios,
2008), los indicadores de baja viabilidad no señalan una carencia de las
personas ni un error del instrumento, sino condiciones del entorno que todavía
no hacen posible el ejercicio de un derecho. Los estudios críticos
latinoamericanos han insistido en que la ideología de la normalidad opera
precisamente naturalizando esa distancia y desplazando hacia el individuo lo
que corresponde a las condiciones estructurales (Rosato y Angelino, 2009; Yarza
de los Ríos et al., 2020). Shogren et al. (2020) formalizaron esta intuición al
proponer un modelo multidimensional del contexto que permite analizar de manera
sistemática qué factores del entorno condicionan los resultados personales.
Las organizaciones como sistemas complejos
Las organizaciones del campo no responden a lógicas lineales de
gestión. Son sistemas abiertos, atravesados por múltiples niveles de
interacción, incertidumbre constitutiva y emergencia permanente, cuyos
resultados no pueden anticiparse desde la planificación técnica ni evaluarse
mediante la verificación del cumplimiento procedimental (Etkin, 2009; Morin,
1990). Esta comprensión desplaza la evaluación de la calidad desde el control
externo hacia la reflexividad interna, y explica por qué los instrumentos estandarizados
de verificación, pensados para entornos estables y comparables, resultan
limitados en este terreno.
Lacasta Reoyo (2013) agregó una precisión relevante para el diseño
de dispositivos evaluativos. Las organizaciones no son meros dispositivos
técnicos, sino espacios productores de significados que inciden en la
subjetividad de quienes las habitan. Sus rutinas, su lenguaje y sus decisiones
cotidianas configuran experiencias que operan, en buena medida, por debajo de
la conciencia institucional, y que por ello mismo resultan difíciles de
problematizar desde adentro sin un dispositivo que las vuelva visibles.
El método Delphi como productor de consenso situado
El método Delphi es una técnica de consulta estructurada a
personas expertas que procede mediante rondas sucesivas, con anonimato entre
participantes y devolución controlada del juicio del grupo (Dalkey y Helmer,
1963; Linstone y Turoff, 1975). Su valor no reside en producir acuerdo por
convergencia forzada, sino en permitir que cada participante reconsidere su
posición a la luz del conjunto, sin la presión de la interacción cara a cara y
sin que el prestigio relativo de quien opina condicione la deliberación. Hasson
et al. (2000) sistematizaron sus condiciones de rigor, y von der Gracht (2012)
revisó los criterios con que la literatura mide el consenso, y advirtió sobre
la necesidad de explicitarlos de antemano para evitar que el umbral se defina
en función del resultado obtenido.
En la construcción de instrumentos contextualizados, el método
ofrece una ventaja específica. Permite incorporar el conocimiento situado de
quienes conocen las condiciones locales de aplicación, un conocimiento que no
aparece en la literatura internacional y que resulta decisivo cuando el
instrumento debe funcionar en un contexto de restricción material. Ese
conocimiento es parcial y posicionado, y precisamente por serlo resulta
valioso, en los términos en que Haraway (1988) planteó la objetividad como
perspectiva situada antes que como mirada desde ningún lugar.
El diseño que aquí se reporta introduce una variación sobre el uso
habitual del método. En lugar de solicitar una valoración única por ítem,
solicitó dos valoraciones independientes sobre los mismos ítems, una de
relevancia y otra de viabilidad. Esa duplicación, que multiplica la carga de
respuesta del panel, se justifica porque convierte en observable una distinción
que los diseños de valoración única mantienen implícita, y permite tratar la
divergencia entre ambas como resultado antes que como inconsistencia.
3.- Metodología
Diseño general
El estudio adoptó un diseño Delphi de rondas sucesivas, integrado
como segunda fase de una investigación mixta secuencial de orientación
predominantemente cualitativa (Creswell y Plano Clark, 2018). La consulta al
panel no operó de manera aislada, sino que se apoyó en dos fuentes previas
cuyos productos constituyeron su insumo. Una revisión sistemática de literatura
identificó el banco de dimensiones e indicadores con presencia más consistente
en la producción internacional sobre evaluación de calidad en servicios de
discapacidad. Una consulta complementaria a informantes clave con experiencia
en auditoría del sector contrastó ese banco con las condiciones reales del
campo argentino y aportó los ajustes que ese contraste hizo visibles. El panel
valoró, por lo tanto, un banco ya depurado y contextualizado, y no una
propuesta teórica.
Panel
El panel estuvo compuesto por once personas expertas con
trayectoria reconocida en el campo argentino de la discapacidad, provenientes
de cuatro perfiles complementarios. Participaron investigadores académicos con
producción en calidad de vida y evaluación organizacional, personas con
responsabilidades directivas en organizaciones del sector, especialistas en
políticas públicas de discapacidad y representantes de personas con
discapacidad y de sus familias. La composición buscó heterogeneidad de perspectivas
y trayectorias antes que representatividad estadística, en coherencia con los
criterios que la literatura metodológica establece para la conformación de
paneles Delphi (Hasson et al., 2000). Los once participantes respondieron ambas
rondas, sin deserción entre una y otra.
El instrumento sometido a validación
La primera ronda sometió a valoración diez dimensiones y setenta y
dos indicadores. Las dimensiones fueron Personas con discapacidad, Redes de
apoyo, Derechos, Prácticas éticas, Gestión organizacional, Participación en la
comunidad, Equipos, Estrategia, Infraestructura e Innovación. La revisión
previa había identificado también la seguridad y prevención de riesgos, la
accesibilidad y la comunicación como aspectos relevantes, pero en el
instrumento preliminar operaban como contenidos distribuidos dentro de las diez
dimensiones anteriores. Fueron los resultados de este proceso los que mostraron
la conveniencia de constituirlos como dimensiones propias, de modo que la
versión final quedó estructurada en trece.
Procedimiento de la primera ronda
La primera ronda se administró de forma asíncrona mediante una
plataforma digital, dentro de un período de tres semanas. El protocolo se
organizó en cinco secciones de alcance progresivo. La Sección A exploró la
comprensión del panel sobre las nociones que estructuran el instrumento, esto
es, calidad de vida, autodeterminación, apoyos personalizados, accesibilidad y
mejora continua, con el propósito de establecer el mapa conceptual compartido desde
el cual interpretar las valoraciones posteriores. La Sección B valoró la
pertinencia de cada dimensión para el campo argentino. La Sección C valoró la
relevancia de cada indicador para evaluar la calidad. La Sección D valoró su
viabilidad en las condiciones concretas de las organizaciones argentinas. La
Sección E, de carácter abierto, recogió las barreras que los expertos
identificaban y las estrategias que proponían para superarlas.
Las tres secciones de valoración emplearon una escala Likert de 1
a 5. La distinción entre relevancia y viabilidad, sostenida a lo largo de todo
el proceso, permitió separar el acuerdo sobre qué debe evaluarse del acuerdo
sobre qué puede evaluarse. Cada valoración se acompañó de un campo abierto para
fundamentar las puntuaciones extremas, señalar barreras y proponer
reformulaciones.
Criterios de consenso
Los umbrales de consenso se definieron antes de administrar la
consulta, según la recomendación de Von der Gracht (2012). Se estableció como
indicador principal el porcentaje de valoraciones 4 o 5 sobre el total de
respuestas válidas, complementado con la mediana y el rango intercuartílico
como medida de dispersión. Sobre una muestra de once expertos, cada valoración
individual representa 9,1 puntos porcentuales, de modo que los umbrales se
traducen en recuentos concretos de respuestas.
Se definió consenso alto cuando el porcentaje de valoraciones 4 o
5 alcanzó o superó el 80 %, esto es, nueve o más respuestas. Se definió
consenso moderado entre el 70 % y el 79 %, ocho respuestas, y ausencia de
consenso suficiente por debajo del 70 %, siete respuestas o menos. La
incorporación del rango intercuartílico permitió distinguir situaciones que el
porcentaje por sí solo confunde. Un indicador con mediana 5, rango
intercuartílico 0 y el 100 % de valoraciones en 4 o 5 expresa un acuerdo
prácticamente unánime, mientras que uno con mediana 4, rango intercuartílico 2
y el 63,6 % revela que, aun siendo valorado positivamente por la mayoría, el
panel permanece dividido.
Procedimiento de la segunda ronda
La segunda ronda, también de tres semanas, no repitió la consulta
completa. Devolvió a cada experto sus propias respuestas junto al perfil del
grupo, sin identificación individual, y se focalizó en diecinueve indicadores,
los nueve que no habían alcanzado consenso suficiente en viabilidad y diez de
consenso moderado que habían recibido observaciones. Para cada uno presentó la
dimensión, el indicador original, una síntesis del resultado de la primera
ronda y una propuesta de reformulación construida a partir de los aportes del
propio panel.
Sobre cada indicador reformulado, el panel se pronunció en tres
criterios, claridad, relevancia y factibilidad, en escala de 1 a 5, e indicó
además una decisión explícita entre cinco opciones, mantener sin cambios,
aceptar la reformulación, reformular nuevamente, clasificar como indicador de
desarrollo progresivo o eliminar. El protocolo incorporó asimismo secciones
específicas para definir qué indicadores debían considerarse de desarrollo
progresivo y bajo qué condiciones, qué evidencias observables permitirían
evaluar cada indicador, qué barreras y estrategias se asocian a su
implementación, y una valoración global de la pertinencia, la factibilidad y la
utilidad de la herramienta en su conjunto.
Para esta ronda se aplicó un criterio de inclusión, el 70 % o más
de valoraciones 4 o 5 y mediana igual o superior a 4 en los tres criterios,
complementado con una condición cualitativa, la ausencia de observaciones que
advirtieran problemas significativos de aplicabilidad. Mientras la primera
ronda aplicó una gradación más exigente de tres niveles para priorizar qué
ítems requerían revisión, la segunda volvió a este criterio de inclusión para
resolver su tratamiento definitivo.
Análisis de los datos
Las preguntas cerradas se analizaron mediante estadística
descriptiva. Para cada dimensión y cada indicador se calcularon el porcentaje
de valoraciones 4 o 5, la media, la mediana, el primer y el tercer cuartil, el
rango intercuartílico y el desvío estándar. Dado el tamaño del panel y la
naturaleza ordinal de las escalas, el tratamiento fue descriptivo y no
inferencial.
Las preguntas abiertas se analizaron mediante codificación
cualitativa en tres pasos, la segmentación de cada respuesta en unidades de
significado, la codificación abierta de cada segmento y la agrupación de los
códigos en categorías axiales, siguiendo el procedimiento de análisis temático
sistematizado por Braun y Clarke (2006). Sobre las 268 respuestas abiertas de
los once expertos se generaron 1.088 segmentos codificados, organizados en 39
códigos abiertos y 12 categorías axiales. Para cada código se registraron tanto
el número de menciones como el número de expertos que lo emplearon, lo que
permitió distinguir los sentidos idiosincrásicos de los efectivamente
compartidos por el panel. La recurrencia cualitativa no se interpretó como
consenso estadístico, sino como presencia reiterada de sentidos compartidos en
el corpus (Patton, 2002).
El análisis cualitativo cumplió tres funciones en el diseño.
Explicó por qué ciertos indicadores resultaron valorados como relevantes pero
difíciles de implementar, identificó las barreras y estrategias que el panel
reconoce en el campo argentino, y aportó los fundamentos para reformular los
ítems que pasarían a la segunda ronda.
Consideraciones éticas
La participación fue voluntaria y se obtuvo consentimiento
informado de cada integrante del panel. Las respuestas se procesaron de manera
anónima y la devolución del perfil del grupo entre rondas no permitió
identificar posiciones individuales, según lo previsto por el propio método. Al
cierre del cuestionario se solicitó a cada experto confirmar el criterio
empleado para responder, en particular que sus respuestas se basaran en su
experiencia previa y que no hubiera realizado búsquedas externas, de modo de
preservar el carácter de juicio experto de la consulta.
4.- Resultados
Pertinencia de las dimensiones
La valoración de la pertinencia reveló un nivel de acuerdo
excepcionalmente alto. Las diez dimensiones alcanzaron consenso alto, con
porcentajes de respuestas 4 o 5 que no descendieron del 81,8 % en ningún caso.
Redes de apoyo obtuvo la puntuación máxima posible, con los once expertos
valorándola con 5, lo que produjo una media de 5,00 y un rango intercuartílico
de 0. Personas con discapacidad alcanzó idéntica media con el mismo nivel de
acuerdo, sobre la base de las diez respuestas válidas que recibió. Derechos,
Prácticas éticas y Gestión organizacional obtuvieron media de 4,82 con rango
intercuartílico de 0 y el 100 % de valoraciones en 4 o 5.
Innovación obtuvo la puntuación más baja del conjunto, con media
4,18 y el 81,8 % de respuestas en los valores 4 o 5, y aun así se ubicó por
encima del umbral de consenso alto. Ninguna dimensión requirió ser eliminada.
La coincidencia entre las dimensiones identificadas en la revisión sistemática
y las valoraciones del panel experto confirma la coherencia entre el
conocimiento bibliográfico disponible y el conocimiento situado en el contexto
local.
Tabla
1. Pertinencia de las dimensiones según el panel
Delphi (n = 11; n = 10 en Personas con discapacidad)
|
Dimensión |
Media |
Mediana |
IQR |
% (4-5) |
|
Personas con discapacidad |
5,00 |
5 |
0 |
100 % |
|
Redes de apoyo |
5,00 |
5 |
0 |
100 % |
|
Derechos |
4,82 |
5 |
0 |
100 % |
|
Prácticas éticas |
4,82 |
5 |
0 |
100 % |
|
Gestión organizacional |
4,82 |
5 |
0 |
100 % |
|
Participación en la comunidad |
4,73 |
5 |
0,5 |
100 % |
|
Equipos |
4,64 |
5 |
0,5 |
90,9 % |
|
Estrategia |
4,64 |
5 |
1 |
100 % |
|
Infraestructura |
4,45 |
4 |
1 |
100 % |
|
Innovación |
4,18 |
4 |
1 |
81,8 % |
Nota. Las diez dimensiones
alcanzaron consenso alto según el criterio operativo definido.
Relevancia de los indicadores
La valoración de la relevancia de los setenta y dos indicadores
produjo resultados igualmente sólidos. Sesenta y ocho alcanzaron consenso alto,
el 94,4 % del total, y los cuatro restantes alcanzaron consenso moderado, sin
que ninguno fuera rechazado. Los indicadores con mayor nivel de acuerdo fueron
Autodeterminación y Decisión en su proyecto de vida personal, ambos de la
dimensión Personas con discapacidad, con media 5,00, mediana 5 y rango
intercuartílico 0. En un nivel muy próximo se ubicaron Proyecto institucional,
Normativa interna, Plan de mejora y Mecanismos para escuchar, responder y
devolver resultados, todos con media 4,91 y el 100 % de valoraciones en 4 o 5.
Los cuatro indicadores con consenso moderado fueron tres de la
dimensión Participación en la comunidad, esto es, Colaboración en redes,
Incidencia en políticas públicas y Sensibilización, y uno de Estrategia, la
Participación de todos los actores institucionales en las decisiones
estratégicas, todos con el 72,7 % de respuestas en los valores 4 o 5. El panel
valoró la dimensión como pertinente y mostró mayor heterogeneidad en la
relevancia de sus indicadores específicos, posiblemente porque la capacidad de
incidencia en políticas públicas se percibe como un atributo de organizaciones
con mayor desarrollo institucional antes que como una condición básica de
calidad.
Viabilidad de los indicadores y la brecha con la relevancia
La valoración de la viabilidad produjo un mapa distinto. Cuarenta
y ocho de los setenta y dos indicadores alcanzaron consenso alto, quince
alcanzaron consenso moderado y nueve no alcanzaron consenso suficiente. La
Tabla 2 contrasta ambas distribuciones y permite dimensionar la brecha.
Tabla
2. Distribución de los 72 indicadores según nivel
de consenso en relevancia y en viabilidad
|
Nivel de consenso |
Relevancia |
Viabilidad |
|
Consenso alto (≥ 80 %) |
68 (94,4 %) |
48 (66,7 %) |
|
Consenso moderado (70-79 %) |
4 (5,6 %) |
15 (20,8 %) |
|
Sin consenso suficiente (< 70 %) |
0 (0 %) |
9 (12,5 %) |
Nota. Elaboración propia sobre las
valoraciones de los once expertos en la primera ronda.
El patrón es nítido. El panel acuerda sobre lo deseable y se
divide sobre lo posible. Los indicadores con mayor consenso en viabilidad
pertenecen en su mayoría a las dimensiones de Gestión organizacional,
Estrategia y Prácticas éticas. Proyecto institucional alcanzó media 4,91 con el
100 % de consenso, seguido por Confidencialidad y protección de datos
personales y por Normativa interna, ambos con media 4,64 y el 100 %.
Esa distribución sugiere una regularidad que conviene enunciar con
precisión. El panel percibió como más accesibles los indicadores vinculados a
la existencia de documentos, procedimientos y marcos normativos internos, que
dependen principalmente de la voluntad institucional, y como menos accesibles
los indicadores vinculados a cambios en las prácticas cotidianas con personas,
que dependen de condiciones materiales, culturales y de recursos que el campo
no siempre controla. La línea divisoria no separa lo importante de lo
secundario, sino lo que una organización puede resolver por decisión propia de
lo que requiere condiciones de sistema.
Los nueve indicadores sin consenso en viabilidad
Los nueve indicadores que no alcanzaron el umbral se concentraron
en las dimensiones más directamente ligadas al mandato convencional. Siete de
ellos se ubicaron en el 63,6 % de valoraciones en 4 o 5. El más bajo del
conjunto fue Promoción de la desinstitucionalización, con apenas el 45,5 % de
respuestas en esos niveles y mediana de 3, único caso en que la mediana
descendió por debajo de 4.
Tabla
3. Indicadores sin consenso suficiente en
viabilidad en la primera ronda (n = 11)
|
Dimensión |
Indicador |
Media |
Mediana |
IQR |
% (4-5) |
|
Personas con discapacidad |
Decisión en su proyecto de
vida personal |
4,00 |
4 |
2,0 |
63,6 % |
|
Personas con discapacidad |
Autodeterminación |
4,00 |
4 |
2,0 |
63,6 % |
|
Personas con discapacidad |
Co-liderazgo |
3,73 |
4 |
1,5 |
63,6 % |
|
Derechos |
Promoción e información |
4,00 |
4 |
2,0 |
63,6 % |
|
Derechos |
Enfoque basado en derechos
en todas las acciones |
4,00 |
4 |
2,0 |
63,6 % |
|
Derechos |
Promoción de la desinstitucionalización |
3,73 |
3 |
2,0 |
45,5 % |
|
Equipos |
Estabilidad y permanencia
del personal |
3,91 |
4 |
1,5 |
63,6 % |
|
Prácticas éticas |
Presencia de mediadores |
3,91 |
4 |
2,0 |
63,6 % |
|
Innovación en servicios |
Incorporación de tecnologías
para la autonomía funcional |
3,91 |
4 |
2,0 |
63,6 % |
Nota. Los nueve indicadores
conservaron valoraciones altas de relevancia. Ninguno fue cuestionado en su
valor conceptual.
La lectura transversal de estos resultados identifica un patrón
interpretativo relevante. Los indicadores con baja viabilidad percibida no son
indicadores conceptualmente cuestionados, como lo confirman sus altas
puntuaciones de relevancia, sino indicadores cuya implementación choca con
condiciones estructurales del campo argentino. La autodeterminación, la
decisión sobre el proyecto de vida y el co-liderazgo fueron reconocidos como
imprescindibles y percibidos como difíciles de garantizar en organizaciones que
operan bajo la lógica del modelo de atención vigente. La estabilidad del
personal fue valorada como condición de calidad e identificada como dependiente
de un sistema de financiamiento que no garantiza los recursos necesarios para
sostenerla, una asociación que la literatura sobre fuerza de trabajo de apoyo
directo ha documentado de manera consistente (Hewitt y Lakin, 2001; Larson y
Lakin, 1999).
Lo que el análisis cualitativo de la primera ronda explica
La codificación de las 268 respuestas abiertas permitió comprender
el origen de esa divergencia. La Tabla 4 presenta las doce categorías axiales
ordenadas por densidad de codificación.
Tabla
4. Categorías axiales del análisis cualitativo de
la primera ronda (n = 11 expertos)
|
Categoría axial |
Menciones |
Expertos |
% expertos |
|
Persona, autodeterminación y
vida elegida |
186 |
11 |
100 % |
|
Gestión organizacional y procesos |
137 |
11 |
100 % |
|
Equipos, formación y
condiciones de trabajo |
133 |
11 |
100 % |
|
Satisfacción, escucha y voz
de usuarios |
117 |
10 |
90,9 % |
|
Mejora continua, evaluación
e indicadores |
82 |
10 |
90,9 % |
|
Apoyos personalizados y
calidad de vida |
76 |
10 |
90,9 % |
|
Barreras culturales y cambio
institucional |
56 |
10 |
90,9 % |
|
Viabilidad, recursos y
contexto argentino |
50 |
11 |
100 % |
|
Derechos, ética y modelo
social |
48 |
8 |
72,7 % |
|
Accesibilidad y comunicación |
45 |
10 |
90,9 % |
|
Participación, redes y comunidad |
25 |
8 |
72,7 % |
|
Normativa, regulación y control |
19 |
8 |
72,7 % |
Nota. Corpus de 1.088 segmentos
codificados en 39 códigos abiertos.
La categoría Persona, autodeterminación y vida elegida fue la más
densamente codificada, con 186 menciones presentes en la totalidad del panel.
Sus códigos dominantes fueron Participación activa y protagonismo, con 55
menciones, Centralidad de la persona, con 53, Toma de decisiones y elección,
con 43, Autonomía y vida independiente, con 21, y Proyecto de vida o vida
elegida, con 14. Este resultado confirma que el horizonte normativo del panel
es homogéneo y está orientado por la autonomía y la participación de la
persona. La divergencia sobre la viabilidad, por lo tanto, no se produce en el
plano de los valores sino en el de las condiciones.
La categoría Gestión organizacional y procesos reunió 137
menciones presentes en los once expertos, con los códigos Gestión
organizacional y formalización, con 51, Gestión por procesos y registros, con
36, Planificación estratégica y proyecto institucional, con 33, y Gestión
presupuestaria y sostenibilidad, con 17. El panel identificó la capacidad de
gestión sistemática como una dimensión central de la calidad y, a la vez, como
una de las principales dificultades que las organizaciones enfrentan en la práctica.
La tercera categoría en densidad, Equipos, formación y condiciones
de trabajo, concentró 133 menciones presentes en los once expertos, con
especial peso de los códigos Equipos y recursos humanos, con 67 menciones, y
Capacitación y formación continua, con 57. El panel vinculó de manera
sistemática la calidad de los apoyos con las condiciones de los equipos que los
proveen, esto es, su suficiencia, su formación continua y su bienestar y
estabilidad laboral.
La categoría Satisfacción, escucha y voz de usuarios reunió 117
menciones en diez de los once expertos, a través de los códigos Familias y
redes de apoyo, con 43 menciones, Satisfacción del usuario, con 39, y Voz y
escucha de las personas con discapacidad, con 35. El panel concibió la
participación y la escucha no como un principio retórico, sino como una
práctica que requiere dispositivos institucionales específicos de consulta,
registro y devolución de resultados.
Convergencias conceptuales del panel
El análisis de la Sección A reveló convergencias que enriquecen la
comprensión de los fundamentos del instrumento. Sobre el enfoque centrado en la
persona, la Centralidad de la persona apareció en las respuestas del 90,9 % de
los expertos y la Toma de decisiones y elección en la totalidad del panel.
Varios expertos formularon el concepto desplazándose de manera explícita del
modelo del déficit, en tanto la Mirada asistencialista o rehabilitadora fue
señalada como aquello que se busca superar. Ese desplazamiento opera como un
supuesto compartido y activo en el discurso de los expertos, y no solo como un
referente teórico declarado.
Sobre autodeterminación, el panel la vinculó con la capacidad de
decidir y elegir sobre la propia vida y con la autonomía y la vida
independiente, invocada por el 72,7 % del panel. Al mismo tiempo, la
Resistencia al cambio y las barreras culturales fueron señaladas por la mayoría
como límites concretos a la autodeterminación en las organizaciones del campo,
lo que anticipa en el plano cualitativo la baja viabilidad percibida que la
valoración cuantitativa registró para los indicadores de autodeterminación y
co-liderazgo.
Sobre mejora continua, el panel la concibió como un proceso
sistemático que requiere datos, indicadores y ciclos de revisión, antes que
como una disposición actitudinal difusa. Los códigos Indicadores y medición,
presente en el 81,8 % del panel, Mejora continua o ciclo de mejora y
Seguimiento periódico y plan de mejora aparecieron articulados en la mayoría de
las respuestas, lo que sugiere que la mejora continua es percibida como una
práctica técnicamente exigente que requiere capacidades organizacionales que no
todas las organizaciones del campo han desarrollado.
Barreras y estrategias identificadas por el panel
Entre las barreras, los códigos más recurrentes fueron Equipos y
recursos humanos, con 67 menciones presentes en los once expertos, y
Capacitación y formación continua, con 57 menciones en el 81,8 % del panel, que
señalan la insuficiencia de los equipos y la brecha de formación como obstáculo
central. A ellos se sumaron la Resistencia al cambio, con 24 menciones, las
Diferencias regionales y territoriales, con 25, y la Mirada asistencialista o
rehabilitadora, con 17, que el panel reconoció como límites estructurales y
culturales a la implementación de prácticas de calidad. Los expertos no
cuestionaron el valor de los indicadores propuestos, sino la capacidad real de
las organizaciones de implementarlos en las condiciones estructurales
existentes.
Entre las estrategias, el panel enfatizó la necesidad de una
herramienta simple, gradual y adaptable antes que exhaustiva y técnicamente
sofisticada, junto con el acompañamiento técnico, los instrumentos de registro
sencillos, la devolución de resultados a las personas y familias, y los planes
de mejora con responsables y plazos. Esta demanda de gradualidad y simplicidad
constituye uno de los aportes más directamente orientadores para el diseño del
instrumento, y anticipa la figura que la segunda ronda terminaría de
consolidar.
Reglas de decisión y reformulación de los ítems
El cierre de la primera ronda permitió trazar un mapa completo del
consenso y aplicar tres reglas de decisión analítica. Los ítems con consenso
alto se mantuvieron sin cambios. Los ítems con consenso moderado se conservaron
y se marcaron para una revisión de su redacción o de las evidencias que los
hacen observables. Los ítems sin consenso suficiente se enviaron a una segunda
ronda focalizada.
El análisis cualitativo aportó los criterios para reformular los
ítems conflictivos. Un primer ajuste fue de énfasis, y reforzó los indicadores
vinculados a la voz, la escucha y la retroalimentación de las personas usuarias
y sus familias en todas las dimensiones en que aparecen. Un segundo ajuste fue
de graduación, y reformuló los indicadores sin consenso en viabilidad con
enunciados que admiten distintos niveles de desarrollo institucional, sin
exigir como punto de partida un nivel de implementación que las organizaciones
con menor desarrollo no pueden alcanzar. Un tercer ajuste respondió al
principio de simplicidad, y revisó los indicadores para que pudieran ser
evaluados por actores de la organización sin requerir formación especializada
en sistemas de gestión de calidad.
Tabla
5. Ejemplos de reformulación de indicadores para
la segunda ronda
|
Indicador |
Síntesis de la primera ronda |
Reformulación propuesta |
|
Autodeterminación |
Ampliamente valorado, con
dificultades para medirlo de manera concreta y observable |
La organización ofrece
apoyos, opciones reales y condiciones accesibles para que las personas con
discapacidad puedan expresar preferencias, tomar decisiones cotidianas y
participar en decisiones significativas sobre su vida |
|
Co-liderazgo |
Se reconoció su valor, con
dudas sobre su aplicabilidad en todas las organizaciones |
La organización genera
espacios accesibles para que las personas con discapacidad participen
activamente en propuestas, decisiones, evaluación de actividades y mejora de
los servicios |
|
Promoción de la desinstitucionalización |
Indicador con menor consenso
en factibilidad; podía resultar amplio, sensible o difícil de aplicar a todos
los servicios |
La organización promueve
apoyos orientados a la vida en comunidad, evitando prácticas de aislamiento,
segregación o institucionalización innecesaria |
Nota. El co-liderazgo
pasó de enunciarse como atributo presente o ausente a formularse como práctica
gradual y observable.
Resultados cuantitativos de la segunda ronda
La segunda ronda se administró al mismo panel y obtuvo respuesta
de los once expertos. El primer resultado, y el más nítido, atañe a la claridad
de las reformulaciones. Los diecinueve indicadores obtuvieron medianas de
claridad de 4 o 5, y trece de ellos reunieron el 90 % o más de valoraciones en
esos niveles. Indicadores que en la primera ronda habían generado dudas de
comprensión, como la autodeterminación, la satisfacción con el servicio, las
tecnologías para la autonomía o la incidencia en políticas públicas, alcanzaron
el 100 % de acuerdo en claridad. La única excepción parcial fue el enfoque de
derechos en todas las acciones, con el 63,6 %, cuya amplitud conceptual siguió
resultando difícil de acotar en una sola frase.
La relevancia se mantuvo alta en casi todos los casos. Quince de
los diecinueve indicadores reunieron el 72,7 % o más de valoraciones 4 o 5, con
medianas de 4 o 5. Los mejor valorados fueron la relación adecuada de personal
por usuario, la participación en actividades comunitarias y el co-liderazgo,
los tres con mediana de 5. Solo dos ítems mostraron una relevancia más débil,
la sensibilización con el 54,5 % y la presencia de mediadores con el 63,6 %,
respecto de los cuales algunos expertos propusieron precisiones, como
reemplazar el término sensibilizar por expresiones más ancladas en el enfoque
de derechos, del tipo promover el conocimiento de los derechos, o aclarar el
rol del mediador.
Como era esperable, la factibilidad volvió a concentrar la mayor
tensión, y es allí donde se define la disposición final de cada indicador. Diez
de los diecinueve alcanzaron consenso pleno en los tres criterios y se
consolidaron como criterios de aplicación estándar. Entre ellos,
Autodeterminación, que en la primera ronda había quedado sin consenso en
viabilidad, reunió ahora el 81,8 % en factibilidad. Los nueve restantes
conservaron una relevancia alta y una factibilidad por debajo del umbral, con
porcentajes de acuerdo entre el 45,5 % y el 63,6 %. El caso más extremo fue
Incidencia en políticas públicas, único indicador que no alcanzó siquiera una
mediana de 4 en factibilidad.
Tabla
6. Resultados de la segunda ronda por indicador (n
= 11)
|
Indicador |
Claridad |
Relevancia |
Factibilidad |
Disposición |
|
Decisión en su proyecto de
vida personal |
4,55 / 5 / 1 / 90,9 % |
4,27 / 5 / 1,5 / 72,7 % |
3,73 / 4 / 1 / 63,6 % |
Desarrollo progresivo |
|
Autodeterminación |
4,64 / 5 / 1 / 100 % |
4,36 / 5 / 1 / 81,8 % |
4,09 / 4 / 0,5 / 81,8 % |
Consolidado |
|
Co-liderazgo |
4,45 / 5 / 1 / 90,9 % |
4,45 / 5 / 1 / 90,9 % |
4,00 / 4 / 2 / 63,6 % |
Desarrollo progresivo |
|
Participación en actividades comunitarias |
4,55 / 5 / 0,5 / 90,9 % |
4,55 / 5 / 1 / 90,9 % |
4,18 / 4 / 0,5 / 90,9 % |
Consolidado |
|
Satisfacción con la calidad
del servicio |
4,73 / 5 / 0,5 / 100 % |
4,45 / 5 / 1 / 90,9 % |
4,09 / 4 / 0 / 90,9 % |
Consolidado |
|
Promoción de la desinstitucionalización |
4,55 / 5 / 1 / 100 % |
4,09 / 4 / 1,5 / 72,7 % |
3,64 / 4 / 1 / 54,5 % |
Desarrollo progresivo |
|
Promoción e información |
4,64 / 5 / 1 / 100 % |
4,45 / 5 / 1 / 81,8 % |
4,27 / 5 / 1 / 81,8 % |
Consolidado |
|
Enfoque basado en derechos
en todas las acciones |
4,09 / 5 / 2 / 63,6 % |
4,18 / 4 / 1,5 / 72,7 % |
3,82 / 4 / 1,5 / 63,6 % |
Desarrollo progresivo |
|
Estabilidad y permanencia
del personal |
4,91 / 5 / 0 / 100 % |
4,36 / 4 / 1 / 100 % |
4,18 / 4 / 1,5 / 72,7 % |
Consolidado |
|
Relación adecuada de
personal por usuario |
4,36 / 5 / 1 / 81,8 % |
4,55 / 5 / 0,5 / 81,8 % |
4,00 / 4 / 1 / 72,7 % |
Consolidado |
|
Presencia de mediadores |
3,91 / 4 / 1,5 / 72,7 % |
3,73 / 4 / 2 / 63,6 % |
3,73 / 4 / 0,5 / 72,7 % |
Desarrollo progresivo |
|
Accesibilidad universal |
4,45 / 5 / 1 / 81,8 % |
4,45 / 5 / 1 / 81,8 % |
4,27 / 4 / 1 / 90,9 % |
Consolidado |
|
Tecnologías que mejoran la
autonomía funcional |
4,82 / 5 / 0 / 100 % |
4,18 / 4 / 1 / 81,8 % |
4,00 / 4 / 2 / 54,5 % |
Desarrollo progresivo |
|
Implementación de nuevas metodologías |
4,36 / 4 / 1 / 90,9 % |
4,00 / 4 / 1 / 72,7 % |
3,82 / 4 / 0,5 / 72,7 % |
Consolidado |
|
Participación de actores en
decisiones estratégicas |
4,64 / 5 / 0,5 / 90,9 % |
4,00 / 4 / 1 / 81,8 % |
3,73 / 4 / 1,5 / 63,6 % |
Desarrollo progresivo |
|
Disponibilidad y adecuación
de equipamiento |
4,36 / 4 / 1 / 90,9 % |
4,55 / 5 / 1 / 90,9 % |
4,18 / 4 / 1 / 81,8 % |
Consolidado |
|
Colaboración en redes |
4,73 / 5 / 0,5 / 100 % |
4,36 / 4 / 1 / 90,9 % |
4,00 / 4 / 0 / 81,8 % |
Consolidado |
|
Incidencia en políticas públicas |
4,64 / 5 / 1 / 100 % |
4,00 / 4 / 1 / 72,7 % |
3,64 / 3 / 1 / 45,5 % |
Desarrollo progresivo |
|
Sensibilización |
4,64 / 5 / 1 / 100 % |
3,91 / 4 / 2 / 54,5 % |
3,91 / 4 / 1 / 72,7 % |
Desarrollo progresivo |
Nota. Cada celda reporta media /
mediana / rango intercuartílico / porcentaje de valoraciones 4 o 5. Consolidado
indica consenso pleno en los tres criterios. Desarrollo progresivo indica
relevancia y claridad altas con factibilidad por debajo del umbral.
Las decisiones explícitas del panel
Más allá de la valoración numérica, el protocolo pidió a cada
experto una decisión explícita sobre cada indicador. El resultado confirmó la
validación de las reformulaciones. En catorce de los diecinueve indicadores la
opción más elegida fue aceptar la reformulación propuesta, con máximos de siete
votos en la estabilidad del personal, la relación de personal por usuario y la
colaboración en redes, y en los cinco restantes la opción más elegida fue
mantener el indicador sin cambios. La opción de reformular nuevamente solo
reunió dos votos, en apenas dos ítems. La de eliminar recibió un único voto en
todo el instrumento. Ningún indicador fue rechazado.
El aval unánime a la figura del desarrollo progresivo
El hallazgo más decisivo de la ronda no fue, sin embargo, un
número de consenso. Ante la pregunta de si algunos indicadores debían
clasificarse como de desarrollo progresivo, esto es, como metas de mejora
gradual y no como exigencias inmediatas, los once expertos respondieron
afirmativamente. Sus fundamentaciones fueron convergentes. Señalaron que los
indicadores requieren procesos de transformación institucional que no se
alcanzan de manera inmediata, que la heterogeneidad de recursos, territorios y
capacidades vuelve improcedente exigir lo mismo a todas las organizaciones
desde el primer momento, y que la situación de emergencia del sector obliga a
entender la calidad como un proceso de mejora gradual, medible y auditable a
mediano plazo.
Los indicadores que el panel señaló con mayor frecuencia como de
desarrollo progresivo fueron la promoción de la vida en comunidad y la
incidencia en políticas públicas, con diez de once expertos cada uno, seguidos
por la estabilidad del personal, la participación comunitaria y la
sensibilización, con nueve, las tecnologías para la autonomía, con ocho, y la
autodeterminación, el co-liderazgo, la decisión en el proyecto de vida y la
presencia de mediadores, con siete. La coincidencia con los indicadores de
menor factibilidad cuantitativa fue casi total, lo que dio solidez a la
decisión de retenerlos con ese carácter.
En cuanto a las condiciones necesarias para implementarlos de
manera progresiva, el panel priorizó la formación de los equipos, los recursos
económicos y la participación de las familias y las redes de apoyo, con diez
menciones cada una, seguidas del acompañamiento técnico y la participación de
las personas con discapacidad, con ocho, y de los instrumentos simples de
registro y los cambios en la cultura organizacional, con siete. Ese listado
describe, en negativo, las condiciones que hoy faltan y que un instrumento de
calidad debería contribuir a construir antes que dar por supuestas.
Este mecanismo resolvió el caso más sensible de la primera ronda.
La promoción de la desinstitucionalización, principal candidata a la exclusión,
fue reformulada como promoción de la vida en comunidad y prevención de
prácticas de segregación, y retenida como indicador de desarrollo progresivo.
No se excluyó ningún indicador del instrumento. El desacuerdo sobre la
factibilidad no se tradujo en pérdida de contenido, sino en una diferenciación
entre lo exigible y el horizonte de mejora.
Evidencias observables y valoración global
El panel validó además el repertorio de evidencias observables con
el que podría verificarse cada indicador, un aspecto decisivo porque de él
depende que la autoevaluación se apoye en constataciones y no en impresiones.
De las diecinueve evidencias propuestas, diez fueron consideradas pertinentes
por la totalidad del panel, entre ellas el proyecto institucional, la
planificación estratégica, los planes individuales de apoyo, la planificación
centrada en la persona, las entrevistas a personas con discapacidad y a
familias, las encuestas de satisfacción, los materiales accesibles, los
indicadores de seguimiento y los registros de reclamos y sugerencias. Ninguna
evidencia bajó de nueve valoraciones de pertinencia.
El patrón es significativo. Las evidencias mejor valoradas
combinan las centradas en la persona, que capturan su voz y su experiencia, con
las de gestión, que documentan la sistematicidad de la organización. Varios
expertos añadieron una precisión que orienta el diseño, a saber, que no basta
con registrar que se escuchó, sino que corresponde documentar qué hizo la
institución con lo que escuchó.
Tabla
7. Valoración global de la herramienta en la
segunda ronda (n = 11)
|
Aspecto valorado |
Media |
Mediana |
% (4-5) |
|
Pertinencia general de la
herramienta |
4,82 |
5 |
100 % |
|
Utilidad para la mejora
continua |
4,73 |
5 |
90,9 % |
|
Factibilidad general de implementación |
4,45 |
5 |
90,9 % |
Nota. La factibilidad, algo menor
que la pertinencia y la utilidad, es coherente con el patrón hallado a lo largo
de todo el proceso.
El análisis cualitativo de la segunda ronda
Las respuestas abiertas de la segunda ronda se codificaron con el
mismo procedimiento, y se organizaron en trece categorías axiales y veintidós
códigos abiertos. La Tabla 8 las presenta por recurrencia.
Tabla
8. Categorías axiales del análisis cualitativo de
la segunda ronda (n = 11 expertos)
|
Categoría axial |
Menciones |
Expertos |
% expertos |
|
Equipos, formación y rotación |
41 |
10 |
90,9 % |
|
Barreras económicas y de
financiamiento |
29 |
10 |
90,9 % |
|
Persona, derechos y autodeterminación |
31 |
8 |
72,7 % |
|
Gradualidad y desarrollo progresivo |
23 |
8 |
72,7 % |
|
Instrumentos simples de
registro y monitoreo |
12 |
8 |
72,7 % |
|
Tiempo institucional,
gestión y registros |
32 |
7 |
63,6 % |
|
Redes, articulación e
incidencia pública |
29 |
7 |
63,6 % |
|
Participación, voz y
devolución de resultados |
28 |
7 |
63,6 % |
|
Acompañamiento técnico y
formación en red |
21 |
7 |
63,6 % |
|
Heterogeneidad territorial e institucional |
10 |
6 |
54,5 % |
|
Entorno comunitario y accesibilidad |
14 |
5 |
45,5 % |
|
Cultura institucional y
cambio de paradigma |
10 |
5 |
45,5 % |
|
Calidad de la reformulación
de los indicadores |
37 |
4 |
36,4 % |
Dos categorías encabezaron la codificación, presentes ambas en
diez de los once expertos, Equipos, formación y rotación y Barreras económicas
y de financiamiento. Dentro de la primera, los códigos más recurrentes fueron
la formación y capacitación de los equipos y la rotación e inestabilidad del
personal. Dentro de la segunda, el financiamiento, los aranceles y la
emergencia del sector concentraron la totalidad de las menciones. La categoría
Gradualidad y desarrollo progresivo, con 23 menciones en ocho expertos,
confirma que la lógica gradual no fue una concesión metodológica del diseño
sino una demanda expresa y reiterada del panel.
La barrera dominante volvió a ser el financiamiento insuficiente,
con los desfasajes arancelarios, las demoras en las cadenas de pago y lo que
varios expertos nombraron como la emergencia del sector. Junto a ella, el panel
señaló la falta de tiempo institucional y la sobrecarga de los equipos, la
brecha de formación, la rotación del personal, la resistencia al cambio y la
persistencia de la cultura asistencialista, la debilidad de los registros, las
barreras del entorno comunitario y una marcada heterogeneidad entre
organizaciones según su tamaño, su región y su tipo de servicio. Los
indicadores que el panel nombró como más difíciles de implementar coincidieron
con los de menor factibilidad cuantitativa.
Frente a esas barreras, las estrategias propuestas dibujaron un
mismo horizonte, esto es, gradualidad y secuenciación de metas por complejidad
con pruebas piloto, formación en red y figuras del tipo formador de formadores,
acompañamiento técnico y guías de apoyo, herramientas simples de registro que
no agreguen burocracia, participación de las personas con discapacidad y sus
familias con devolución de resultados, y trabajo en red con alianzas locales.
Un sentido transversal atravesó el corpus, el de que el instrumento no debía
concebirse como una lista de requisitos para aprobar o reprobar, sino como una
guía para planificar y mejorar.
Estabilidad del consenso y cierre del proceso
El diseño previó la posibilidad de una tercera ronda. Los
resultados mostraron, sin embargo, que el proceso había alcanzado la
estabilidad que el método adopta como criterio de cierre. Entre la primera y la
segunda ronda, las posiciones del panel sobre los indicadores conflictivos no
se movieron de manera errática, sino que se estabilizaron en un patrón
coherente de claridad y relevancia altas con factibilidad limitada por
condiciones estructurales. Cuando la distribución de las respuestas deja de
cambiar de manera significativa entre rondas, insistir con una nueva consulta
no produce más acuerdo sino fatiga y deserción del panel.
Había, además, una razón de fondo para no continuar. Los ítems que
no alcanzaron consenso en factibilidad no expresan un disenso conceptual, dado
que el panel los considera relevantes con medianas de 4 o 5, sino una
restricción material del campo que ninguna ronda adicional podría modificar.
Una tercera consulta habría reproducido el mismo patrón, porque el obstáculo no
está en la información de la que dispone el panel sino en la realidad que
evalúa. Y, sobre todo, el propio panel ofreció la salida. La clasificación de
esos indicadores como de desarrollo progresivo resolvió el desacuerdo no
borrándolo, sino dándole un lugar en la arquitectura del instrumento.
5.- Discusión
Los resultados de este estudio ofrecen, más allá de la validación
del instrumento, un aporte de orden metodológico. La decisión de valorar por
separado la relevancia y la viabilidad, de tratar la divergencia entre ambas
como un dato antes que como una inconsistencia a corregir, y de resolverla
mediante una diferenciación de estatuto dentro del propio instrumento, constituye
un procedimiento replicable en cualquier campo donde exista una distancia
sistemática entre el estándar normativo y las condiciones materiales de su
cumplimiento. Los apartados siguientes desarrollan el hallazgo central y sus
consecuencias.
La brecha como hallazgo
El resultado central de este estudio es la asimetría entre dos
consensos. El acuerdo sobre la relevancia de los indicadores alcanzó al 94,4 %
del conjunto, mientras que el acuerdo sobre su viabilidad se redujo al 66,7 %.
Esa diferencia de casi veintiocho puntos porcentuales se produjo sobre los
mismos ítems, valorados por las mismas once personas, en el mismo cuestionario
y en el mismo momento. No puede atribuirse, por lo tanto, a la composición del
panel, a la formulación de los ítems ni a variaciones en el contexto de
respuesta.
Tampoco expresa desacuerdo conceptual. Los nueve indicadores que
no alcanzaron consenso en viabilidad conservaron valoraciones altas de
relevancia, y el análisis cualitativo mostró que el horizonte normativo del
panel es homogéneo. La categoría más densamente codificada de todo el corpus,
con 186 menciones presentes en la totalidad de los expertos, fue la que reúne
la centralidad de la persona, la autodeterminación y la vida elegida. El panel
comparte, con notable consistencia, aquello que considera que la calidad debe
producir.
La interpretación que este artículo propone es que la brecha mide
otra cosa. Mide la distancia entre el derecho reconocido y las condiciones que
lo hacen ejercitable. Que el indicador de menor consenso de todo el proceso
haya sido la promoción de la desinstitucionalización resulta particularmente
elocuente. Se trata del contenido más directamente asociado al artículo 19 de
la Convención y a la Observación general núm. 5 del Comité sobre los Derechos
de las Personas con Discapacidad (2017), y de una obligación que Argentina
asumió con jerarquía constitucional. El panel no discutió su valor normativo.
Discutió su factibilidad como criterio de autoevaluación para la totalidad de
las organizaciones del campo. La literatura ha documentado que la viabilidad de
la desinstitucionalización depende de condiciones de sistema y no de voluntad
institucional aislada (Mansell et al., 2007), lo que respalda esa lectura.
Documento y práctica, dos zonas de viabilidad desigual
Un segundo hallazgo, menos evidente pero de consecuencias
prácticas equivalentes, es la distribución interna de la viabilidad. Los
indicadores mejor valorados en factibilidad son los vinculados a la existencia
de documentos, procedimientos y marcos normativos internos. Los peor valorados
son los vinculados a transformaciones en las prácticas cotidianas con personas.
Esa línea divisoria describe con precisión el mecanismo que Bevan y Hood (2006)
identificaron, por el cual un sistema de evaluación puede terminar premiando la
formalización administrativa y desatendiendo aquello que efectivamente cambia
la vida de las personas.
El riesgo es concreto. Un instrumento construido sin advertir esa
asimetría tendería, por su propia estructura de incentivos, a producir
organizaciones documentalmente impecables y sustantivamente inmóviles.
Registrar la asimetría dentro del instrumento, y no fuera de él, es una forma
de resistirla. De allí la decisión, avalada por el panel al validar el
repertorio de evidencias, de anclar cada indicador en constataciones
observables antes que en declaraciones, y de exigir que la documentación
registre no solo que se escuchó sino qué se hizo con lo escuchado.
Consecuencias para el diseño de instrumentos
El hallazgo tiene consecuencias directas sobre el modo de
construir instrumentos de calidad en contextos de restricción estructural. Un
instrumento construido solo sobre la relevancia habría incorporado los nueve
indicadores como exigencias de cumplimiento inmediato, y habría producido, en
la mayoría de las organizaciones argentinas, un diagnóstico de incumplimiento
generalizado sin capacidad orientadora. Un diagnóstico así no informa, porque
no distingue entre la organización que no hizo lo que podía hacer y la que no
pudo hacer lo que el sistema no le permite.
Un instrumento construido solo sobre la viabilidad habría excluido
esos nueve indicadores, y con ellos habría eliminado del horizonte evaluativo
precisamente los contenidos que la Convención vuelve exigibles. El resultado
sería un instrumento que mide bien aquello que las organizaciones ya hacen y
guarda silencio sobre aquello que deberían llegar a hacer, con lo que la
evaluación terminaría ratificando el estado de cosas que debería interpelar.
Ambas soluciones son deficientes, y lo son por la misma razón,
porque tratan la brecha como un problema a suprimir antes que como información
a conservar. La figura de los indicadores de desarrollo progresivo, avalada por
unanimidad, ofrece una tercera vía. Conserva el contenido normativo dentro del
instrumento y le asigna un estatuto distinto del de los criterios de aplicación
estándar. La organización que se autoevalúa no recibe un veredicto de
incumplimiento, sino un mapa que distingue lo que debería poder resolver con
sus condiciones actuales de aquello que constituye un horizonte hacia el cual
orientar su mejora.
Esta distinción es coherente con la concepción de la mejora
organizacional como proceso de aprendizaje antes que como verificación de
conformidad (Schalock y Verdugo, 2013), y con la advertencia de Crespo Cuadrado
y Verdugo Alonso (2013) sobre los límites de los dispositivos evaluativos que
no consideran el punto de partida de cada organización. Se inscribe también en
la comprensión de las organizaciones como sistemas complejos, cuya evaluación
difícilmente pueda resolverse mediante una grilla externa uniforme (Etkin,
2009; Morin, 1990).
La gradualidad no equivale a una rebaja del estándar
Conviene explicitar una consecuencia que podría malinterpretarse.
Introducir una figura gradual no debilita la exigencia, sino que la vuelve
practicable, y por eso no equivale a bajar la vara. La diferencia es la que
separa un umbral de un horizonte. Un umbral que la mayoría de las
organizaciones no puede alcanzar no funciona como exigencia sino como
exclusión, porque quienes quedan sistemáticamente por debajo dejan de tener
incentivo alguno para participar del proceso.
El punto tiene un corolario de equidad. Un instrumento que solo
pudieran aplicar las organizaciones con mayor desarrollo institucional dejaría
fuera del proceso de mejora, una vez más, a las que más lo necesitan. La
accesibilidad metodológica es, en ese sentido, una condición de justicia
distributiva dentro del campo y no una concesión técnica. El propio panel
formuló esa demanda de manera recurrente, al reclamar una herramienta simple,
gradual y adaptable antes que exhaustiva y sofisticada.
Alcance de la generalización
Los resultados que aquí se reportan describen el juicio experto
sobre un campo nacional específico, en un momento determinado de su historia
institucional. No pretenden describir la situación de las organizaciones
argentinas, sino la percepción que un panel calificado tiene sobre ella. Esa
distinción importa, porque la percepción experta puede subestimar la capacidad
de organizaciones concretas o, a la inversa, sobrestimar dificultades que en la
práctica resultan salvables.
Dicho esto, el procedimiento que el estudio propone es
transferible con independencia de sus resultados particulares. Valorar por
separado la relevancia y la viabilidad, tratar la divergencia entre ambas como
dato antes que como inconsistencia, y resolverla mediante una diferenciación de
estatuto dentro del propio instrumento constituye un dispositivo aplicable a
cualquier campo donde exista una distancia sistemática entre el marco normativo
vigente y las condiciones materiales de su cumplimiento. Esa distancia no es
privativa del campo argentino de la discapacidad, aunque en él adopte una forma
particularmente nítida.
Limitaciones
El estudio presenta cuatro limitaciones que conviene explicitar.
La primera es el tamaño del panel. Once participantes constituyen una muestra
adecuada para un Delphi según la literatura metodológica, pero implican que
cada valoración individual representa 9,1 puntos porcentuales, de modo que los
porcentajes deben leerse como recuentos y no como estimaciones poblacionales.
Diferencias de un punto porcentual carecen de significado sustantivo en una
muestra de este tamaño.
La segunda es que la composición del panel, aunque diversa en
perfiles, no fue probabilística. Su juicio expresa el conocimiento experto
disponible en el campo antes que una representación estadística de él, y otras
conformaciones podrían haber producido énfasis distintos, en particular
respecto de la ponderación entre las dimensiones de gobierno y las centradas en
la persona.
La tercera es que la viabilidad fue valorada como percepción
experta y no medida en organizaciones concretas. Establecer en qué medida esa
percepción anticipa las dificultades reales de implementación requiere estudios
de aplicación en campo. Una prueba piloto posterior aportó evidencia sobre la
usabilidad del instrumento resultante, pero no sobre la magnitud efectiva de
las brechas que aquí se documentan como percepción.
La cuarta es temporal. La consulta se realizó en un momento de
particular fragilidad del sector, atravesado por el rezago arancelario y por
una reorganización institucional profunda. Es plausible que la percepción de
viabilidad sea sensible a esas condiciones y que una consulta equivalente en un
escenario de mayor estabilidad produjera una brecha menor. Esa sensibilidad,
lejos de invalidar el hallazgo, refuerza su interpretación, porque confirma que
aquello que la viabilidad mide son condiciones de contexto y no propiedades de
los indicadores.
6.- Conclusiones
Un proceso Delphi de dos rondas con once personas expertas del
campo argentino de la discapacidad validó las diez dimensiones y los setenta y
dos indicadores de un instrumento de autoevaluación de la calidad, y produjo al
hacerlo un hallazgo que excede la validación. Al valorar por separado la
relevancia y la viabilidad de cada indicador, el panel manifestó un acuerdo
casi unánime sobre qué debe evaluarse y un acuerdo considerablemente menor
sobre qué puede evaluarse en las condiciones reales del sector.
Esa brecha no constituye un defecto del instrumento ni una
limitación del método. Constituye un dato sobre el campo, y en particular sobre
la distancia que separa los derechos reconocidos de las condiciones materiales
que los hacen ejercitables. El indicador más resistido en viabilidad fue el que
traduce el mandato de la vida en comunidad, lo que sugiere que la dificultad no
reside en la comprensión del paradigma de derechos, ampliamente compartido por
el panel, sino en las condiciones de su implementación.
El análisis cualitativo permitió nombrar esas condiciones con
precisión. La insuficiencia y la rotación de los equipos, la brecha de
formación, el financiamiento insuficiente, la falta de tiempo institucional y
la heterogeneidad territorial fueron señaladas de manera convergente como los
obstáculos que separan lo relevante de lo viable. Ninguno de ellos es un
atributo de las personas con discapacidad ni una propiedad de los indicadores.
Todos son condiciones del entorno en que las organizaciones operan.
El propio panel proporcionó el mecanismo de resolución. La
distinción entre indicadores de aplicación estándar e indicadores de desarrollo
progresivo, avalada por unanimidad, permite conservar dentro del instrumento
contenidos que hoy no son exigibles a toda organización sin por ello renunciar
a ellos como horizonte. Ese procedimiento resulta transferible al diseño de
instrumentos de evaluación de la calidad en otros campos y contextos donde
exista una distancia sistemática entre el marco normativo vigente y las
condiciones materiales de su cumplimiento.
Quedan abiertas dos líneas de continuidad. La primera es la
verificación empírica de la percepción de viabilidad mediante estudios de
aplicación en organizaciones concretas, que permitan contrastar el pronóstico
experto con la dificultad efectivamente encontrada. La segunda es el
seguimiento longitudinal de los indicadores de desarrollo progresivo, para establecer
si la figura cumple su función de horizonte movilizador o si, con el tiempo,
opera como una zona de excepción permanente. Esa segunda pregunta es la que
decidirá si la gradualidad fue una solución o una coartada.
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